Por Sergio Augusto Sánchez***
Esta nota es vieja, como los Rolling Stones. Y no es otra
cosa que una recopilación de imágenes del día del concierto, cuando la banda
británica por fin llegó a Colombia y se subió a un escenario. Imágenes y
canciones, no es más. Son cosas que vi y escuché y simplemente las cuento aquí.
Stupid Girl vs.
Street fighting man
Cerca del estadio el Campín, dos amigas, con más vanidad que
rock n’ roll, posan para un selfie
con sus boletas en la mano. Un ladrón habilidoso les quita ambas boletas y sale
a correr justo antes de que comience el aguacero épico que antecedió al
concierto. No he podido ver la foto de las dos amigas, pero la escena te pone a
pensar... en muchas cosas, sin juicios de valor, claro. El lector tendrá su
posición al respecto y es muy respetable. A mí me gusta pensar en el ladrón
bien ubicado, cantando de memoria todas las canciones del concierto, a
diferencia de la mayoría de los asistentes que tarareaban todo y estuvieron a
poco de volarle la piedra a Mick Jagger.
She’s a rainbow
Bogotá nunca falla. Cuando la banda es buena llueve. Llovió
en Iron Maiden, llovió en Motöhead y en KISS. Llovió cuando vinieron los Guns
n’ Roses, llovió en Paul McCartney y llovió en Metallica. ¿Lloverá cuando venga
AC/DC, tristemente, con Axl Rose al micrófono? Bogotá es como un arcoíris, odia
el rock tanto como las marchas de trabajadores o defensores de derechos
humanos. Si tanto le temen al racionamiento y al fenómeno de El Niño, deberían
traer a Led Zeppelin reunido y que toquen un par de horas.
Diluvia el día del concierto de los Stones, cae granizo y
los rayos le apuntan al Campín pero nunca le dan. No hay un solo asistente que
no padezca la lluvia, pero la lluvia cesa con la última canción de Diamante
Eléctrico, los teloneros. Y el espectáculo no tiene problemas. Sin embargo, un
hombre muy triste llora sentado en el andén de la calle 57. La lluvia le tomó
por sorpresa y tiene en la mano un pegote de cartón que alguna vez fue una
boleta para ingresar al concierto. De pronto sí existe el karma.
Tumbling dice
Dije que no compraría una boleta para ir a ver a los Stones.
«Son caras y no vale la pena ad portas de la hiperinflación. Mi amigo Sebastián
dijo que era mucho capitalismo y poco rock n’ roll». Pero la suerte es así,
tengo la mejor hermana del mundo y pude ir a cancha general, en el foso pagano
donde están ‘los rolingas’ de verdad y despistados y cazadores que esperan
deslumbrar a una rockerita joven para meterla a la cama después del show.
Cuando van a empezar los Stones, alguien levanta a una de esas rockeritas y la
sienta sobre sus hombros. No deja ver a nadie «¡Bájela que de todas formas no
se lo van a dar!», grita el pueblo. Parece haber escuchado y creído. Todos los
que estamos detrás alabamos la sensatez del galán.
Jumping Jack Flash
La espera en una fila increíblemente larga (mala
organización), la lluvia y el granizo, se vieron recompensados. La banda abre
con mi canción favorita y pienso en Raoul y Dr. Gonzo, pero en Johnny Depp y
Benicio del Toro (no en Hunter S. Thompson y su abogado) conduciendo por una
recta interminable en el desierto de Nevada. Piel de gallina, gritos de
euforia, las viejas rodillas y talones todavía en funcionamiento para saltar y
unas conmovedoras ganas de llorar de alegría. Me alegra ver a los Stones antes
de que el cáncer acabe con todos nosotros, me alegra verlos cuando todavía me
queda algo de pelo sobre la cabeza. Es felicidad genuina en medio del cansancio… It’s alright now. In fact is a gas.
Beast of burden
Mick dice que apoya la economía de sus seguidores en
Colombia. La gente lo chifla donde estoy porque los precios de las boletas
fueron desorbitantes y solo los señores feudales podían ir a Platino sin hacer
un esfuerzo. El tiro le sale por la culata al buen Mick. Luego dice que va a
cantar con uno de sus AMIGOS.
Yo espero que sea una reconstrucción de Rebel Rebel, y que
veremos a Bowie en la pantalla gigante. Se me acelera el pulso y aprieto la
uretra para evitar filtraciones. Cuando veo aparecer a Juanes con una guitarra.
Juntos, Juan Esteban y Mick, destruyen un clásico. Entre los alaridos forzados
del paisa y mi malestar, tengo claro que presencio la muerte del rock, que soy
testigo de La Boda Roja en aquella temporada de Game of Thrones. ¡El horror! ¡El horror!
Sticky Fingers… You
can’t always get what you want
Está bien, “Sticky fingers” es el nombre de un álbum. Lo
tengo claro. Pero pasó en el encore
lo siguiente: los Stones tocan You can’t
always get what you want y para ello
les abre el coro de la Pontificia Universidad Javeriana que entra desafinado.
Entendible, es el momento de sus vidas corales, un día estás tomando en Cuatro
Parques y vas al coro para matar tiempo libre y viajar si se puede, al día
siguiente te dicen que vas a cantar para Mick y Keith y Ronnie y Charlie. Ves
el estadio lleno de 40.000 personas y recuerdas que sigues siendo el mismo
estudiante que olvidó devolver un libro a la biblioteca y ahora debe una enorme
multa… Pues te desafinas, no hay de otra, pero no pasa nada, te portas a la
altura y llegas a las notas y no dejas que las cámaras te vean llorar
emocionado.
Y en ese momento, la cámara hace un plano cerrado de la cara
de una de las coristas maquillada y arreglada que está feliz, dichosa. Y en ese
momento, el gañán que tengo al lado y que no ha hecho otra cosa distinta a
fumar marihuana desde la primera nota a la última, le dice a su amigo borracho
de aguardiente: «¡Yo me comí a esa nena!». Es gracioso porque es verídico, que diga
eso, no necesariamente que la exclamación sea cierta (aunque hay que ver que la
gente se acuesta con cada imbécil, hombres y mujeres por igual). Siempre,
pienso, recuérdalo bien, incluso en tu momento de consagración, alguien va a
decir algo así de estúpido acerca de ti. La corista nunca lo sabrá y yo debo
olvidarlo, pero es irónico que incluso en tu mejor momento no siempre puedas
tener lo que quieres… tal vez si lo
intentas, de vez en cuando, puedes encontrar lo que necesites. ¿No es así?
Simpatía por el Diablo
Las boletas se acabaron el primer día, sin importar el precio de las mismas. Así pasó en Argentina, en Chile, en todas partes. Un montón de soñadores latinoamericanos esperaban ver a los Rolling Stones en sus ciudades. Algo increíble.
Conocí a una persona que conoce a otra persona que conoce a un tipo que tiene una riñonera roja en la cintura y vende perico y marihuana en el centro de Bogotá. Ese dealer vio el concierto en Platino y luego estuvo farreando con la banda… Al parecer, Mick no fue al centro de Bogotá exclusivamente a ver gordas de Botero y comer oblea. O bien puede ser otra de esas leyendas de nuestra escena rockera colombiana. Larga vida al rock n' roll.
Encore
Después del concierto, quedamos todos llenos de
satisfacción, a pesar de Juanes, el dinero gastado o el resfriado por venir. Me
enteré que mucha gente de mi ciudad no pudo llegar a la cita por el mal tiempo
y los vuelos retrasados y las aerolíneas retrasadas. Recordé cuando no vivía en
Bogotá y tenía que llegar como fuera a la capital para ver a las bandas de
rock. Recordé cuando tomaba vino en un parque o iba a los dos únicos bares de
rock de la Bucaramanga de los años noventa, creyendo que nunca iba a ver en
Colombia a un ‘bitle’ o un Stone.
*** Las fotos son de Victoria Sánchez y Khalay Chio. Gracias mil.




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