Por Sergio Augusto Sánchez
«Acallar al oráculo no significa impedir el destino. Al parecer la muerte ya está en la sala y debe cobrarse una vida. La que sea.»
Otra vez el corazón. Es la tercera fibrilación auricular y
mi padre parece no entender que si sigue como va, no podrá ser un viejo de
zapatos tenis y sombrero como mi abuelo. Estoy acompañándolo en la sala de urgencias de la clínica. Está canalizado, que es cuando te ponen una aguja
inmensa en la vena radial para pasarte por ahí cualquier medicamento. Necesitó
de una cardioversión para que volviera a estar sintonizado con el mundo. El
corazón es un director de orquesta como Fletcher (IT’S NOT QUITE MY TEMPO!)
dispuesto a joderlo todo si el ritmo se acelera o se arrastra.
Espero junto a él, mientras duerme, con el dispensador de
oxígeno en la nariz, postrado en una camilla. Hoy no voy a hablar de mi padre
sino de lo que pasa a su alrededor. Otra vez el corazón. Nos separa de la cama
contigua una sábana que hace las veces de cortina. Allí una mujer llora, porque
todo estaba bien, porque llamó a unos familiares y los invitó a almorzar,
porque estaba en la cocina cuando se sintió mal… Una neurocirugía después está
llorando junto a mi padre, a una cortina de distancia. «Es que mi hermano murió
de un tumor en la cabeza». «Entonces puede ser algo genético», responde la
enfermera. La peor respuesta posible, ‘algo genético’, quiere decir que estabas
condenado a ello desde que tus padres se gustaron y decidieron tener sexo sin
protección.
A la señora de la neurocirugía la acompaña una de esas
señoras que cree en serio que leyendo la biblia el cáncer va a retroceder de
donde se encuentre. «No me sobrevendrán males ni plagas», dice la visitante de
al lado leyendo el antiguo testamento. No soporto eso y salgo al pasillo.
En el pasillo está Nidia, quien lleva cinco días esperando
que le asignen una cama en un cuarto; Karol, con solo 19 años, está asustada
porque le duele al orinar y tiene una patología renal, a sus 20 no podrá volver
a su bar favorito… con suerte podrá comer de nuevo carnes rojas; hay una
anciana echada en otra camilla, cubierta por una pesada cobija, se ve muy
pálida, me quedo viéndola hasta que puedo asegurar que respira; también hay una
pareja compuesta por una mujer con las marcas de la calle en su cara y en su
cuerpo y un tipo al que si le das la oportunidad te roba el celular.
Nidia está resignada. No tendrá una habitación antes de
abril. Karol se asusta e intenta saber qué pasa cuando el tipo que bien puede
ser ladrón de celulares o proxeneta expendedor de drogas le pega una bofetada a
“su mujer” porque no se quiere dejar atender por las enfermeras. Es el momento
de chismosear la vida en urgencias de la clínica, un momento feliz para todos
los que se sienten miserables y moribundos. «En medio de la muerte, la vida».
Se habla de un viejo que se cansó de esperar a que lo
operaran y decidió pagar una cirugía particular. Después de 4 horas en el
quirófano, sobrevivió. Nidia, por su parte, espera que el nuevo antibiótico le
haga efecto, ya que el primer antibiótico se burló de todos. Karol no quiere
perder al bebé de 4 meses que lleva en su vientre, eso le preocupa más que el
riñón. Mientras observo a los compañeritos de mi padre, pienso en el comunismo
de la muerte, su fantasma está sobre todos los pacientes de urgencias sin
ninguna excepción.
Entra una beba con un ataque de asma agudo, quizás tiene 9
meses, quizás uno o dos más. Se está ahogando y todos sentimos en la sala esa
energía pesada con la que se carga el ambiente antes de una tragedia. La niña
llora y hace su mejor esfuerzo por llenar sus pulmones de oxígeno. Aire. «En
medio de la vida, la muerte». Sobre la niña hay 4 especialistas haciendo todo
lo posible para que reaccione. Su madre llora desesperada, impotente, porque
eso no estaba en el trato, porque el amor tampoco hace retroceder a las
patologías.
«¡No la quiero ver por acá! ¡Váyase!», los gritos de un
anciano en silla de ruedas, distraen la atención de todos. Está alucinando, en
teoría, o es el único que puede ver a la parca que yo sé está rondando por el
pasillo. Dos enfermeras intentan calmarlo y logran sedarlo para que Karol y
otros más puedan estar tranquilos. Acallar al oráculo no significa impedir el
destino. Al parecer la muerte ya está en la sala y debe cobrarse una vida. La
que sea. Es cuando reaparecen el hampón y “su mujer”. Las enfermeras lo ven con
odio y yo veo en sus ojos que piensan lo mismo que yo… Sería tan fácil con
tantos fármacos poderosos a su alcance. Al fin y al cabo la muerte solo busca
una ofrenda.
La niña del asma está estable. Parece que se salva. Nidia se
duerme y Karol está tranquila. Vuelvo junto a mi padre y observo su monitor. El
ritmo está perfecto, aumenta algunas
unidades porque abre los ojos. «¿Qué ha pasado, hijo». Sonrío y le digo que
nada. Si se lo llevan a un cuarto esa misma noche, creo que todo va a estar
bien.



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