Por Sergio Augusto Sánchez
Sobre el asfalto, sólo algunos elegidos entienden la belleza que implica manejar un automóvil. El chofer se vuelve uno con la máquina, es una experiencia que involucra todos los sentidos.
Hay algo misterioso en la carretera y para explicarlo
debemos acudir a las clases de Física del colegio, pero, como mi compañero
Jaimes (el menor), inventaré mis propias fórmulas. Dibujemos el automóvil como
un rectángulo a rayas de 60˚ que se desplaza sobre una autopista asfaltada con
una velocidad v y una aceleración a. No
hay que olvidar el coeficiente de fricción µ que es el que más varía porque
nuestras carreteras son parches de distintas clases de asfalto.
El chofer se ha vuelto uno con el auto y los otros pasajeros
(si los hay) piensan que está ahí, con ellos, porque los escucha y responde,
porque interrumpe la conversación para subir el volumen de la radio para decir
«¡Me encanta esa canción!» o «Hace como 10 años no escuchaba este tema». Pero
no hay que engañarse, es solo su avatar, programado para decir esas cosas:
preguntar si alguien quiere parar e ir al baño, o largar la mano para tomar un
osito de goma del paquete que compraron en una estación de gasolina. El avatar
es bastante convincente, pero los choferes, desde que engranan la caja en
primera, entran a La Zona de la Carretera.
El conductor de auto es de los pocos que aun sin haber pasado
por la cátedra de Astrofísica, entiende partes de las teorías de Einstein a la
perfección. Sabe que al viajar de un punto A a un punto B, su desplazamiento va
más allá de un paseo, que se trata de un desplazamiento espacio-temporal con
todas las consecuencias que ello implica. Cuando el auto se enruta, todo el
resto del mundo, casi estático, continúa. Funciona con los autos y con los
aviones , por supuesto, ¿o acaso alguien duda que un chofer de autobús y un
piloto de avión son diferentes? De hecho tienen exactamente el mismo mapa
genético, pero son seres de dos universos distintos, por eso se diferencian en
el aspecto, las chicas y chicos que se pueden llevar a la cama, la paga, y la
pureza de la cocaína...
Detrás del volante, en esa zona de la carretera, quien
conduce tiene tiempo para dividirse entre la carretera y el análisis profundo
de situaciones. ¡Eureka! O ve toda su vida pasar una y otra vez en el tiempo de
una caseta de peaje a la otra, en tramos de 50km (25 minutos apróx.). Pero ese loop interminable abre la puerta a la
desgracia, porque quién quisiera ver su vida una y otra vez, las imágenes del
columpio, una bola de helado que se cayó del cono, un momento compartido con tu
padre o una tarde feliz preguntando 700 porqués a tu madre casi adolescente. Y
una traición, un secreto, el amor que pudo ser y no fue, el que fue y dejó de
ser, el voto de confianza burlado, o una vida aburrida y vacía… simplemente
estamos lanzando algunas ideas.
Hace unos años, se estrelló un bus en una ruta de 700km de
una ciudad a otra. Los sobrevivientes dijeron que el chofer había enloquecido,
se salió deliberadamente de la vía y estrelló el autobús contra un árbol. El
impacto y las fuerzas de la física hicieron que el vehículo se volteara. El
conductor también sobrevivió y dijo, «Sentí que me había poseído el demonio y
me pedía que estrellara el bus». Los pasajeros confirmaron que era lo que
gritaba antes del impacto.
*Foto Khalay Chio
Pero es una sarta de mentiras. Cualquiera que haya sido uno
solo con el auto y la carretera conoce el peligro, conoce el ataque del
subjuntivo en tiempo pretérito pluscuanperfecto en cada curva. Pisa a fondo
como si quisiera devolver el tiempo y enmendar sus errores o simplemente
evitarse la pena que en ocasiones trae consigo vivir. El tacómetro sobrepasa su
capacidad y los vidrios de las ventanas comienzan a temblar de forma violenta.
¿Si hubieras soltado el acelerador? ¿Si hubieras clavado el pie en el freno? Es
demasiado tarde ya. El camino, al igual que el texto, ha desembocado en un
punto final.



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