Por Sergio Augusto Sánchez
«Se le veía tranquilo con sus ojos grises abiertos y fijos en el techo. Barbado y de pelo largo, parecía una especie de Jesucristo veinte años después de los 33»
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Fue por el
olor. El aroma a mangos podridos y materia fecal llamó la atención de los
vecinos que no tardaron en acudir a la policía cuando descubrieron de dónde venía
la peste. A Pablo Zambrano no lo conocían muy bien en el conjunto residencial:
era un hombre reservado y salía poco. Su apartamento, el 504, era el único que
no tenía instalados los servicios de teléfono y luz eléctrica y él, Pablo
Zambrano, era el único que podía evitar los encuentros casuales de ascensor. La
administradora, una señora gorda y con cara de pocos amigos, creía que Zambrano
no abandonaba nunca su apartamento y se sorprendió cuando vecinos, policías y
chismosos se enteraron que el habitante del 504 salía todas las noches de los
martes y viernes, días de sacar basura. Sin embargo, dijeron los mismos
celadores, nunca lo vieron sacando una sola bolsa y en cambio sí se le vio
entrar con muchas repletas, de qué no se sabe.
Pero se supo
fácil. Cuando los agentes del cuerpo técnico de investigaciones (CTI) tumbaron
la puerta del 504, el olor a mangos podridos y física mierda se incrementó y
llegó a los presentes con la fuerza de una bofetada. Como en coro, vecinos del
conjunto, chismosos del barrio e investigadores de la justicia, maldijeron y
exclamaron su asco por el pasillo. Pero muy a pesar de la peste atrapada en el
apartamento, a todos les pudo más el morbo que el ánimo de supervivencia que
invitaba a huir de aquel lugar hediondo. El apartamento de Pablo Zambrano
exhibía algo nunca antes visto en barrio tan elegante.
El apartamento
504 no era diferente en diseño a los otros apartamentos de tres habitaciones
del conjunto. Estaba el ya mencionado hedor en el ambiente, pero el sitio
estaba oscuro y podía verse crecer el moho en las esquinas. Las persianas
estaban cerradas y permanecía en un silencio sepulcral. Aparte de eso, la
verdadera sorpresa para los vecinos, el apartamento era a su vez una
microciudad de desperdicios y basura. Torres de periódicos y revistas; montones
de libros; pilas de cassettes, discos de acetato, compactos y DVD; muñecos
descabezados o con otra clase de mutilación; ropa perfectamente doblada y
apilada, de toda clase de prendas de diferentes estilos y tendencias; balones y
pelotas de todos los deportes conocidos; cuadernos y extractos bancarios; colchones,
almohadas y etcéteras. Los vecinos asombrados, encontraron en la ciudadela de
desperdicios del 504 sus historias personales, pues eran objetos que les
pertenecieron y desecharon, ahora de nuevo ante sus ojos ordenados con
creatividad magistral.
Para sorpresa
de todos (una más), en la alacena de Pablo Zambrano sí había comida, toda a
medio morder o a medio tomar, como si la hubiesen racionado durante mucho
tiempo. Enlatados, productos deshidratados y comida empacada al vacío. Pero toda
de marca y lejos de su fecha de vencimiento. Al parecer, el residente del 504
era un hombre metódico y cuidadoso con su alimentación que, a diferencia de
todo lo demás en el apartamento, no provenía del bote de basura.
Dentro del
inventario había también camas, sillas y butacas, no obstante, a Pablo Zambrano
lo encontraron desnudo bocarriba sobre el piso de baldosa. Llevaba tres días de
muerto y comenzaba a hincharse. Tenía pegado al pecho un cuaderno titulado “La
mudanza”. Se le veía tranquilo con sus ojos grises abiertos y fijos en el
techo. Barbado y de pelo largo, parecía una especie de Jesucristo veinte años
después de los 33. Algunas exclamaciones de asombro por parte de los curiosos y
la orden de alejarse de la policía y el CTI para dar inicio al levantamiento del
cadáver.
Días más
tarde, los organismos competentes establecieron la causa de muerte: hipotermia.
Pablo Zambrano había muerto de frío a pesar de tener cobijas, mantas y toda
clase de abrigos y chaquetas dentro de su colección de basura o restos históricos
del conjunto residencial, como dijo un académico vecino del cuarto piso. La
sorpresa final no era la muerte de un hombre adulto a causa del frío y
desnutrición o su extraño fanatismo por la basura, sino que a la semana de los
hechos, apareció el albacea de Zambrano, un hombre en sus treintas que se
encargó del papeleo en la morgue y de costear el funeral del difunto.
Después de la
ceremonia a la que asistió por respeto la administradora, el albacea de
Zambrano mandó instalar dos cerraduras más en la puerta de entrada del 504
explicando que “no quería que se le perdieran las cosas”, como recuerda la
administradora. Una vez instaladas las aldabas, el hombre se excusó, entró al
apartamento y pasó doble seguro a la puerta desde adentro. Los vecinos dicen que
hasta el momento no lo han visto salir.
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