lunes, 14 de marzo de 2016

Residente 504





Por Sergio Augusto Sánchez

«Se le veía tranquilo con sus ojos grises abiertos y fijos en el techo. Barbado y de pelo largo, parecía una especie de Jesucristo veinte años después de los 33»


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Fue por el olor. El aroma a mangos podridos y materia fecal llamó la atención de los vecinos que no tardaron en acudir a la policía cuando descubrieron de dónde venía la peste. A Pablo Zambrano no lo conocían muy bien en el conjunto residencial: era un hombre reservado y salía poco. Su apartamento, el 504, era el único que no tenía instalados los servicios de teléfono y luz eléctrica y él, Pablo Zambrano, era el único que podía evitar los encuentros casuales de ascensor. La administradora, una señora gorda y con cara de pocos amigos, creía que Zambrano no abandonaba nunca su apartamento y se sorprendió cuando vecinos, policías y chismosos se enteraron que el habitante del 504 salía todas las noches de los martes y viernes, días de sacar basura. Sin embargo, dijeron los mismos celadores, nunca lo vieron sacando una sola bolsa y en cambio sí se le vio entrar con muchas repletas, de qué no se sabe.

Pero se supo fácil. Cuando los agentes del cuerpo técnico de investigaciones (CTI) tumbaron la puerta del 504, el olor a mangos podridos y física mierda se incrementó y llegó a los presentes con la fuerza de una bofetada. Como en coro, vecinos del conjunto, chismosos del barrio e investigadores de la justicia, maldijeron y exclamaron su asco por el pasillo. Pero muy a pesar de la peste atrapada en el apartamento, a todos les pudo más el morbo que el ánimo de supervivencia que invitaba a huir de aquel lugar hediondo. El apartamento de Pablo Zambrano exhibía algo nunca antes visto en barrio tan elegante.

El apartamento 504 no era diferente en diseño a los otros apartamentos de tres habitaciones del conjunto. Estaba el ya mencionado hedor en el ambiente, pero el sitio estaba oscuro y podía verse crecer el moho en las esquinas. Las persianas estaban cerradas y permanecía en un silencio sepulcral. Aparte de eso, la verdadera sorpresa para los vecinos, el apartamento era a su vez una microciudad de desperdicios y basura. Torres de periódicos y revistas; montones de libros; pilas de cassettes, discos de acetato, compactos y DVD; muñecos descabezados o con otra clase de mutilación; ropa perfectamente doblada y apilada, de toda clase de prendas de diferentes estilos y tendencias; balones y pelotas de todos los deportes conocidos; cuadernos y extractos bancarios; colchones, almohadas y etcéteras. Los vecinos asombrados, encontraron en la ciudadela de desperdicios del 504 sus historias personales, pues eran objetos que les pertenecieron y desecharon, ahora de nuevo ante sus ojos ordenados con creatividad magistral.


Para sorpresa de todos (una más), en la alacena de Pablo Zambrano sí había comida, toda a medio morder o a medio tomar, como si la hubiesen racionado durante mucho tiempo. Enlatados, productos deshidratados y comida empacada al vacío. Pero toda de marca y lejos de su fecha de vencimiento. Al parecer, el residente del 504 era un hombre metódico y cuidadoso con su alimentación que, a diferencia de todo lo demás en el apartamento, no provenía del bote de basura.

Dentro del inventario había también camas, sillas y butacas, no obstante, a Pablo Zambrano lo encontraron desnudo bocarriba sobre el piso de baldosa. Llevaba tres días de muerto y comenzaba a hincharse. Tenía pegado al pecho un cuaderno titulado “La mudanza”. Se le veía tranquilo con sus ojos grises abiertos y fijos en el techo. Barbado y de pelo largo, parecía una especie de Jesucristo veinte años después de los 33. Algunas exclamaciones de asombro por parte de los curiosos y la orden de alejarse de la policía y el CTI para dar inicio al levantamiento del cadáver.

Días más tarde, los organismos competentes establecieron la causa de muerte: hipotermia. Pablo Zambrano había muerto de frío a pesar de tener cobijas, mantas y toda clase de abrigos y chaquetas dentro de su colección de basura o restos históricos del conjunto residencial, como dijo un académico vecino del cuarto piso. La sorpresa final no era la muerte de un hombre adulto a causa del frío y desnutrición o su extraño fanatismo por la basura, sino que a la semana de los hechos, apareció el albacea de Zambrano, un hombre en sus treintas que se encargó del papeleo en la morgue y de costear el funeral del difunto.


Después de la ceremonia a la que asistió por respeto la administradora, el albacea de Zambrano mandó instalar dos cerraduras más en la puerta de entrada del 504 explicando que “no quería que se le perdieran las cosas”, como recuerda la administradora. Una vez instaladas las aldabas, el hombre se excusó, entró al apartamento y pasó doble seguro a la puerta desde adentro. Los vecinos dicen que hasta el momento no lo han visto salir.

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