jueves, 4 de febrero de 2016

El Mercadito



Por Sergio Augusto Sánchez

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Los días miércoles, desde temprano, aprovechaban un lote de cesión bien podado y levantaban allí un mercado de frutas y verduras. No era un mercado campesino, pues ninguno de los vendedores era trabajador de la tierra. No era tampoco más económico que otros mercados cercanos. Pero le cambiaba la cara al barrio todos los miércoles.

Ingeniero, buenos días. Buenos días para todos y feliz año. ¿Va a llevar lo mismo de siempre? Bueno, mijo, écheme de eso y de eso también. ¿Cómo le va, doña Claudia? Bien, gracias, aunque esta rodilla no me quiere andar bien. Para eso es buenísimo el apio. ¿De verdad que se trasteó, ingeniero?

El mono vendía pollos de pellejo amarillo; huevos dignos de ninguna confianza; bocadillos de Barbosa, no veleños; y queso doble crema y cuajada con pinta de haber estado sabrosa el lunes anterior. El mono no era realmente mono sino pelirrojo y casi siempre pesaba todo mal, pero siempre a su favor.

—¿Cuánto vale el queso?
—Tres mil la libra.
—Hmmm. Deme medio cartón de huevos. ¿Están buenos?
—Claro. ¿Va a llevar algo más?

Don Castro vendía cebolla (blanca y roja), habichuelas, papa amarilla, arveja y limones Tahití. Don Castro tenía edad suficiente como para haber tenido que trabajar la tierra durante su infancia. Sin embargo, su voz suavecita hacía pensar en cualquier otra persona, menos en un labriego. Su voz era suavecita, pero no sus matemáticas a la hora de pesar y hacer las cuentas. Si rebajaba cincuenta pesos en la cebolla, los recuperaba multiplicados por 4, por 5 o por 6, a la hora de cobrar el pedazo de ahuyama con el que se puede hacer sopa.

Es el fin de los tiempos, la gente no cree pero todo está en la Biblia. Viejas locas. Lo que estamos viviendo son plagas. ¿Usted ha visto lo del zika? En la televisión dijeron que se transmite por el acto sexual. ¿Qué va a ser? Increíble que la gente crea en tanta bobada. Una señora se lo transmitió al marido, por el acto sexual. Don Castro, ¿a cómo la cebolla roja? ¿Cuánto? ¿Y la arveja? Desgranada, don Castro. Está todo en la Biblia. Hay mucha maldad en el mundo y la contaminación, vea cómo se quemó el cerro. Eso son plagas. Lleve de una vez el kilo. No don Castro, gracias. ¿El zika se transmite por el acto sexual también? Claro, muchacha, tenga cuidado. A estas viejas lo que les gusta es decir “el acto sexual”. Le pago tres mil, milqui del limón y milqui de cebolla, gracias don Castro, hasta luego.


La señora de las hierbas sí parecía una campesina vieja: pelo negro, largo y trenzado y fisionomía gruesa y tosca. Aparentaba 72 años y de seguro tenía apenas 55 y de seguro, también, su gordura se debía a la preeclampsia padecida al momento de parir por lo menos cinco o seis hijos: tres para la guerra (uno en cada bando); uno para la universidad; uno vago pero que ayuda en la casa; y la niña, que todavía está en el colegio . La señora de las hierbas vendía también pasta de ajo, calabacín amarillo y verde. Su puesto era el menos concurrido, no porque los vecinos hubieran decidido prescindir del perejil o el cilantro, sino porque les fastidiaba la cara de pocos amigos que tenía la señora, a quien nunca se le veía sonreír. Excepto un día que sí sonrió, la señora de las hierbas parecía una campesina vieja que destilaba amargura, por eso casi nadie llevaba de sus productos, a pesar de que era la única que vendía papas sabaneras y pastusas.

—¿Cuánto vale este zucchini?
—Eso es calabacín.
—Bueno, cuánto vale este calabacín, mi señora.
—Tres mil la libra.
—¡Huy, esta caro!
—Eso vale.
—¿Dónde lo peso?
—Yo se lo peso.
—Péseme este… por favor.
—¿Solo ese?
—Sí, solo este.
—Dos mil ochicientos. ¿Lo va a llevar o no?
—No. Muy caro. Gracias.

Por último, en el mercadito de los miércoles estaba el puesto grande, el favorito de todos, incluso de los vecinos más parcos. De izquierda a derecha estaban Don Silvio, Manuel y Juliana, su esposa. Tampoco eran campesinos, pero sí eran buena gente, algo particularmente extraño en la ciudad. Vendían frutas al punto, verduras frescas y ofrecían mandarinas de ‘encime’, sonrisas y recetas para hacer el guacamole copiadas del Canal Gourmet. En el puesto grande, los vecinos vieron a Juliana embarazada, su vientre creció hasta que le sirvió para apoyar el cuaderno donde hacía las cuentas. Un día no acudió a la cita de los miércoles porque tenía complicaciones. La semana siguiente estaba mejor, y la semana siguiente apareció con dos mellizos que recibieron sonrisas y felicitaciones por parte de los vecinos. Cuando los mellizos tuvieron dos años volvieron por allí y don Silvio jugaba con ellos tirado en el pasto. En ese mismo puesto estaba Cristancho, el encargado de llevar el mercado hasta la casa de los vecinos que no querían o no podían cargar paquetes. Cristancho era reservado pero sonriente, quizás él sí fue campesino, «Un chusmero de la época de la Violencia», dijo alguien un día, así como se dice cualquier cosa. En ese puesto los vecinos podían pesar sus compras y hacer sus cuentas, porque había buen ambiente y se respiraba la confianza entre los seres humanos.

¿Cómo me le va, don Felipe? Bien, gracias. ¡Cristancho, llévele el mercado a la señora! No había vuelto, ¿cómo está su esposa? No es mi esposa, es mi hermana. Manuel, ¿puedo comerme una de estas ciruelas? Yo pensaba que era su esposa. ¡Cristancho! El mercado de la señora. ¿A cómo el pimentón? Estas ciruelas están todas verdes, don Silvio, ¿hay otras? A dos mil la libra. ¡Eso está muy caro! ¿Y cómo están los niños? Bien, creciendo, el otro día le dio fiebre a uno. Usted no se imagina, en la plaza todo estaba carísimo y feo, Manuel fue temprano y trajo lo mejor que encontró. ¡Cristancho!¡Para hoy, hermano, que la señora tiene afán! ¡Ehh ste berraco! No lo puede dejar convulsionar, mija, eso es peligroso. Sí, doña Carmen. ¿Va a llevar tomate? Sí pero poquito. ¿Esa vaina qué es? Son higos, ¿quiere probar uno? No se pierda tanto, don Felipe, y dígale a su hermana que vuelva.

Al final, ninguno de ellos era campesino, razón por la cual no se puede afirmar que el mercadito fuese un mercado campesino. Un día Don Silvio se murió y no pudo jugar con sus nietos. El miércoles siguiente no hubo mercado, ni el siguiente, ni el otro tampoco. No volvieron. El pasto fue creciendo en el lote de cesión. Se olvidaron del mercadito y al barrio no le volvió a cambiar la cara los días miércoles.







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