Por Sergio Augusto
Sánchez
3
Los días miércoles, desde temprano, aprovechaban un lote de
cesión bien podado y levantaban allí un mercado de frutas y verduras. No era un
mercado campesino, pues ninguno de los vendedores era trabajador de la tierra.
No era tampoco más económico que otros mercados cercanos. Pero le cambiaba la
cara al barrio todos los miércoles.
Ingeniero, buenos
días. Buenos días para todos y feliz año. ¿Va a llevar lo mismo de siempre?
Bueno, mijo, écheme de eso y de eso también. ¿Cómo le va, doña Claudia? Bien,
gracias, aunque esta rodilla no me quiere andar bien. Para eso es buenísimo el
apio. ¿De verdad que se trasteó, ingeniero?
El mono vendía pollos de pellejo amarillo; huevos dignos de
ninguna confianza; bocadillos de Barbosa, no veleños; y queso doble crema y
cuajada con pinta de haber estado sabrosa el lunes anterior. El mono no era
realmente mono sino pelirrojo y casi siempre pesaba todo mal, pero siempre a su
favor.
—¿Cuánto vale el
queso?
—Tres mil la libra.
—Hmmm. Deme medio
cartón de huevos. ¿Están buenos?
—Claro. ¿Va a llevar
algo más?
Don Castro vendía cebolla (blanca y roja), habichuelas, papa
amarilla, arveja y limones Tahití. Don Castro tenía edad suficiente como para
haber tenido que trabajar la tierra durante su infancia. Sin embargo, su voz
suavecita hacía pensar en cualquier otra persona, menos en un labriego. Su voz
era suavecita, pero no sus matemáticas a la hora de pesar y hacer las cuentas.
Si rebajaba cincuenta pesos en la cebolla, los recuperaba multiplicados por 4,
por 5 o por 6, a la hora de cobrar el pedazo de ahuyama con el que se puede
hacer sopa.
Es el fin de los
tiempos, la gente no cree pero todo está en la Biblia. Viejas locas. Lo que
estamos viviendo son plagas. ¿Usted ha visto lo del zika? En la televisión
dijeron que se transmite por el acto sexual. ¿Qué va a ser? Increíble que la
gente crea en tanta bobada. Una señora se lo transmitió al marido, por el acto
sexual. Don Castro, ¿a cómo la cebolla roja? ¿Cuánto? ¿Y la arveja? Desgranada,
don Castro. Está todo en la Biblia. Hay mucha maldad en el mundo y la
contaminación, vea cómo se quemó el cerro. Eso son plagas. Lleve de una vez el
kilo. No don Castro, gracias. ¿El zika se transmite por el acto sexual también?
Claro, muchacha, tenga cuidado. A estas viejas lo que les gusta es decir “el acto
sexual”. Le pago tres mil, milqui del limón y milqui de cebolla, gracias don
Castro, hasta luego.
La señora de las hierbas sí parecía una campesina vieja:
pelo negro, largo y trenzado y fisionomía gruesa y tosca. Aparentaba 72 años y
de seguro tenía apenas 55 y de seguro, también, su gordura se debía a la
preeclampsia padecida al momento de parir por lo menos cinco o seis hijos: tres
para la guerra (uno en cada bando); uno para la universidad; uno vago pero que
ayuda en la casa; y la niña, que todavía está en el colegio . La señora de las
hierbas vendía también pasta de ajo, calabacín amarillo y verde. Su puesto era
el menos concurrido, no porque los vecinos hubieran decidido prescindir del
perejil o el cilantro, sino porque les fastidiaba la cara de pocos amigos que
tenía la señora, a quien nunca se le veía sonreír. Excepto un día que sí
sonrió, la señora de las hierbas parecía una campesina vieja que destilaba
amargura, por eso casi nadie llevaba de sus productos, a pesar de que era la
única que vendía papas sabaneras y pastusas.
—¿Cuánto vale este
zucchini?
—Eso es calabacín.
—Eso es calabacín.
—Bueno, cuánto vale
este calabacín, mi señora.
—Tres mil la libra.
—¡Huy, esta caro!
—Eso vale.
—Eso vale.
—¿Dónde lo peso?
—Yo se lo peso.
—Péseme este… por
favor.
—¿Solo ese?
—Sí, solo este.
—Dos mil ochicientos.
¿Lo va a llevar o no?
—No. Muy caro.
Gracias.
Por último, en el mercadito de los miércoles estaba el
puesto grande, el favorito de todos, incluso de los vecinos más parcos. De izquierda
a derecha estaban Don Silvio, Manuel y Juliana, su esposa. Tampoco eran
campesinos, pero sí eran buena gente, algo particularmente extraño en la
ciudad. Vendían frutas al punto, verduras frescas y ofrecían mandarinas de ‘encime’,
sonrisas y recetas para hacer el guacamole copiadas del Canal Gourmet. En el
puesto grande, los vecinos vieron a Juliana embarazada, su vientre creció hasta
que le sirvió para apoyar el cuaderno donde hacía las cuentas. Un día no acudió
a la cita de los miércoles porque tenía complicaciones. La semana siguiente
estaba mejor, y la semana siguiente apareció con dos mellizos que recibieron
sonrisas y felicitaciones por parte de los vecinos. Cuando los mellizos
tuvieron dos años volvieron por allí y don Silvio jugaba con ellos tirado en el
pasto. En ese mismo puesto estaba Cristancho, el encargado de llevar el mercado
hasta la casa de los vecinos que no querían o no podían cargar paquetes.
Cristancho era reservado pero sonriente, quizás él sí fue campesino, «Un
chusmero de la época de la Violencia», dijo alguien un día, así como se dice
cualquier cosa. En ese puesto los vecinos podían pesar sus compras y hacer sus
cuentas, porque había buen ambiente y se respiraba la confianza entre los seres
humanos.
¿Cómo me le va, don
Felipe? Bien, gracias. ¡Cristancho, llévele el mercado a la señora! No había
vuelto, ¿cómo está su esposa? No es mi esposa, es mi hermana. Manuel, ¿puedo
comerme una de estas ciruelas? Yo pensaba que era su esposa. ¡Cristancho! El
mercado de la señora. ¿A cómo el pimentón? Estas ciruelas están todas verdes,
don Silvio, ¿hay otras? A dos mil la libra. ¡Eso está muy caro! ¿Y cómo están
los niños? Bien, creciendo, el otro día le dio fiebre a uno. Usted no se
imagina, en la plaza todo estaba carísimo y feo, Manuel fue temprano y trajo lo
mejor que encontró. ¡Cristancho!¡Para hoy, hermano, que la señora tiene afán!
¡Ehh ste berraco! No lo puede dejar convulsionar, mija, eso es peligroso. Sí,
doña Carmen. ¿Va a llevar tomate? Sí pero poquito. ¿Esa vaina qué es? Son higos,
¿quiere probar uno? No se pierda tanto, don Felipe, y dígale a su hermana que
vuelva.
Al final, ninguno de ellos era campesino, razón por la cual
no se puede afirmar que el mercadito fuese un mercado campesino. Un día Don
Silvio se murió y no pudo jugar con sus nietos. El miércoles siguiente no hubo
mercado, ni el siguiente, ni el otro tampoco. No volvieron. El pasto
fue creciendo en el lote de cesión. Se olvidaron del mercadito y al barrio no
le volvió a cambiar la cara los días miércoles.



No hay comentarios:
Publicar un comentario