Por Sergio Augusto Sánchez
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«—¿Se acuerda del vecino gordito?
—¿El que se superó jugando ping pong
todas las noches?
—¡Ese!
—¿Qué pasa con él?
—Ahora está poseído por el bazuco.»
El vecino se llamaba Angelo, Matías,
Luca, Giancarlo, o alguno de esos nombres que utilizan los bogotanos para
sentirse más progresistas que sus padres. (Aparecerán Gastones un día y
sabremos que la verdad es que querían parecer más argentinos). Y efectivamente
el vecino era un niño gordo al que los cachetes le tapaban los ojos cuando
sonreía detrás de unas gafas enormes, mal escogidas para su edad.
Todas las noches, el gordito bajaba y
armaba la mesa de ping pong, un aglomerado de madera carcomido por la humedad
en las esquinas. Con mucha maña ponía una malla vieja a través del centro de la
mesa que terminaba de asegurar con dos kilométricos en cada extremo. Y jugaba.
A veces con un vecino de su edad, a veces con un pariente suyo, un hermano
mayor o tal vez un primo que vivía en su apartamento.
A esa misma hora, bajaba el profesor
universitario a tomarse un café negro en el centro del cojunto y fumar Belmont.
Cuando el profesor estaba de ánimo para fumar marihuana y no tenía la custodia
de su hija de dos años, salía por la portería y se iba caminando hasta el
parque detrás del conjunto residencial, dejando a su paso el olor de la hierba:
una estela de hojarasca y soledad.
Otros vecinos, sacaban a sus perros a
orinar en los jardines interiores del conjunto, a dejarlos juguetear con otros
perros y correr como lo hacen los perros, con la lengua fuera y todos los
músculos atentos. Otros vecinos se sentaban por ahí a discutir por teléfono las
cosas que eran demasiado privadas para ser discutidas dentro de sus
apartamentos, pero que no tenían problema en dejar saber al resto de la
humanidad de puertas para afuera. Otros, se sentaban en parejas a fumar y
despotricar de sus días de oficina, pendientes de criticar a todos los que
entraran o salieran a esa hora por el acceso a la portería. Otra, una sola, era
la chica de los audífonos, tenía la marca de la locura en su cara y fumaba
mientras planeaba alguna forma de prenderle fuego a las 7 torres del conjunto
residencial.
En ese ambiente, el gordito jugaba todas
las noches al ping pong. Sin meterse con nadie, sin hacer daño a nadie, salvo
en las escasas ocasiones en las que una pelota salía fuera de su espacio de
juego e interrumpía el espacio de alguno de sus vecinos. Y fue alguno de esos
vecinos el que pasó una queja a la administración del conjunto para que
prohibieran el juego de ping pong en las zonas comunes, incluso en los días de
lluvia.
Nunca más volvimos a ver al gordito ni a
sus compañeros de juego ni a la mesa maltratada por la humedad. El resto de la
vida vecinal continuó como venía, ahora sin el repiqueteo del juego de ping
pong. Decidí dejar de fumar y comencé a odiar a la administradora y a su junta
directiva.

Aish... pobre gordis
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