Por Sergio Augusto Sánchez
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Está comprobado, las personas son auténticas cuando pasean a
su perro por las mañanas. Los perros tienen esa capacidad de sacar lo mejor de
un ser humano, siempre y cuando estemos hablando de gente con alma. Los perros
sacan lo mejor de un ser humano, en pantuflas, piyama y sin maquillaje o acaso
una peinilla.
En el conjunto residencial vivían por lo menos doce perros.
Había una perra weimar de ojos avellana que paseaba siempre una chica delgada,
de pelo largo hasta la cintura y ojos azules. La Weimar era reservada, la chica
también.
Durante un año vi crecer una bóxer blanca con una mancha
negra alrededor del ojo derecho. La paseaban tres personas distintas: una
vecina gorda, su hija también gorda y su novio, que debía pasear a la perra
como parte de su acuerdo prenupcial con la hija de mi vecina. La relación entre
ellos dos era cordial, diplomática (la relación entre el novio y la bóxer,
valga la aclaración).
Los golden retriever eran dos, y ambos se llamaban Max. El
primer Max vivía en mi torre y era un vecino excelente. El segundo Max vivía en
la torre 7, era de rasgos más aristocráticos y lo paseaba una rubia con buen
futuro en el modelaje. Un día saludé al segundo Max por error o por hacerme el
amistoso, era un perro con pedigrí, me vio de reojo y volteó la cabeza para
ignorarme. Su dueña no fue más amigable tampoco. Desde ese desafortunado
encuentro traté de evitarlos a los dos. Lo logré para satisfacción de los tres.
Todas las mañanas y todas las noches, podían verse a humanos
y perros tratando de convivir, incluso la chica de los audífonos paseaba un
poodle manchado que parecía reclamar la eutanasia en cada uno de sus pasos, uno
de esos perros que te prohíben consentir porque si se emocionan hacen aguas
inmediatamente.
La bóxer se mudó primero que yo. El conjunto se llenó de
Pugs, esos perros que todo el tiempo hacen ruidos como de cerditos y tienen el
hocico chato y arrugado. A dios gracias, nunca hubo de esas ratas que la gente
se empeña en llamar perros: pinchers o chihuahuas, y solo había un poodle más e
igual de moribundo al de la chica de los audífonos.
Recién me pasé a vivir al conjunto, encontré un charco de orines gigante en el ascensor de la torre. Llamé a quejarme con el portero quien dijo
que no podía hacer nada porque como era domingo el personal de aseo no
trabajaba. Intenté hacer razonar al portero pero me pareció una perdedera de
tiempo. Creo que el culpable de la orinada fue ese poodle moribundo, aunque no
estoy seguro. Al día siguiente alguien escribió con marcador en la pared
del ascensor: “El ascensor no es un baño para que su perro cague o mee. Por
favor no lo utilice como tal. Inconsciente!!!”. Todo estaba escrito en
mayúsculas, eso no me gustó tanto, pero estuve completamente de acuerdo con el
mensaje. Nunca se supo quién lo escribió, pero la Administradora puso una
circular condenando ambos hechos. Me hubiera gustado conocer a la persona que
escribió el letrero, pudimos ser buenos amigos.

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