lunes, 23 de mayo de 2016

El ‘ifex’








Por Sergio Augusto Sánchez

Mi tataraex usaba una frase muy interesante, ella decía “Eso no dice nada de nadie”. Y es cierto, en Colombia, la mayor mentira que le hacen tragar a la juventud, es que el examen de estado para la educación superior es algo importante para la vida.

El viernes pasado entregaron los resultados de las pruebas del Instituto Colombiano para el Fomento de la Educación Superior, Icfes, o el “ifex”, como lo he oído pronunciar infinidad de veces. Tengo 31 años, una carrera profesional y media, una maestría y un sinnúmero de cursos, diplomados y seminarios. En medio de una temporada larga de desempleo y guiado por una curiosidad infinita, me dio por repetir las pruebas, enfrentarme de nuevo al Icfes (ahora Saber 11, que es el nuevo nombre del examen) y ver qué pasaba 14 años después.

2002: odisea de la adolescencia
La primera vez que presenté el Icfes, acababa de volver de un año de intercambio en Finlandia. Tenía el pelo largo (es más, tenía pelo) y 17 años, mi único sueño era poner un pub en Bucaramanga, una ciudad que desconocía la palabra ‘pub’ porque tomábamos vino moscatel en los parques a $2500 la botella, y tocábamos la guitarra hasta el amanecer sin preocuparnos de nada porque ni siquiera había teléfonos celulares. La travesía por Europa me había cambiado para siempre, yo ya no era yo aunque mi casa sí fuera mi casa.

Hice un curso pre-Icfes de una semana en la que estuve más preocupado por tratar de ligarme a Sandra o a Angélica que por estudiar o prestar atención a los simulacros. Era joven y tenía energía ilimitada para aprender casi por ósmosis, es más, entendía bien la palabra ‘ósmosis’. Tenía toda la vida por delante y ni siquiera había empezado a tomar esa serie de malas decisiones que hacen que una persona madure y termine de formar su personalidad.

Llegó el día del examen. Gente preocupada por todas partes, vendedores ambulantes, padres y estudiantes. Lápiz No.2, borrador de nata y sacapuntas. Por esos años, el examen se presentaba en dos días diferentes, todo el sábado y la mitad del domingo. Pasó la mañana, el almuerzo ligero y luego vino la tarde de leer, entender y rellenar con lápiz el círculo de la letra que indica la respuesta correcta. Siguiente pregunta.


En la noche del primer día me fui al parque a tomar vino y tocar guitarra. Porque venía de un año de clases de música, arte, español e inglés en uno de los mejores colegios de Finlandia, donde tienen un concepto distinto de la educación. El Icfes me parecía una soberana estupidez, que todo un país pensara que un examen de preguntas de selección múltiple debía y podía influir en mi futuro o decirme quién era yo y para qué servía… era estúpido y extraño.

Cuando llegaron los resultados fui uno de los 10 mejores puntajes en un colegio público de ñoños que sueñan con ser ingenieros de la universidad que queda a unos pasos del mismo colegio. No hice caso a nadie a la hora de escoger carrera, escogí cualquier cosa y empecé a madurar a golpe de malas decisiones, o simplemente decisiones, que al fin y al cabo las cosas no son malas ni buenas, las cosas son y ya, uno se indigna, alegra o mortifica con ellas.

2016: años después
Otra vez no estudié. Las veces que lo intenté escuchaba una voz en mi cabeza que estaba preocupada por cómo pagar el arriendo, cómo conseguir empleo, cómo hacer para mantener una relación de pareja a distancia, cómo evitar sentir esas ganas de morir que te atacan mientras duermes y sientes que la vida es un absurdo inútil y que, como en el restaurante del chiste en Annie Hall, “la comida es horrible y las porciones pequeñas”.

Ahora el examen es en un solo día largo, pero sigue siendo el mismo lápiz No.2, el borrador de nata y el sacapuntas. La noche anterior destapé un vino para sentirme menos solo, vi una película en Netflix y pude conciliar el sueño a las once de la noche. Me desperté a las cuatro de la mañana a ver cómo amanecía en la ciudad. Antes de salir busqué en Google la fórmula para calcular el volumen de una esfera porque alguien me dijo, “Ese, el  del cono y el cilindro siempre salen”.


Hice fila para entrar. No tenía nada qué perder, era el bicho raro en medio de rostros jóvenes con problemas de adolescentes y sueños que todavía no estaban rotos. Mi tataraex usaba una frase muy interesante, ella decía “Eso no dice nada de nadie”. Y es cierto, en Colombia, la mayor mentira que le hacen tragar a la juventud, es que el examen de estado para la educación superior es algo importante para la vida. Nadie te explica la importancia de saber besar bien o luchar por tus derechos frente a gobiernos corruptos, nadie te enseña a valorar la vida humana o a tomarte los sentimientos de los demás con la seriedad que se merecen. Nadie te enseña que las respuestas importantes de la vida abarcan algo más que las letras de la A a la D.

Leí, respondí, pensé en lo mucho que hubiera preferido estar en los brazos de mi novia ese día, en lugar de estar ahí sentado. Terminé casi de primero, jamás hubiera sido el primero en entregar un examen, siempre odié a ese maldito que termina todo una hora antes, tanto como al que quiere que todos trotemos 10 vueltas más. Salí a pasear por el centro y a jugar maquinitas. Volví después de almuerzo a terminar de contestar la prueba y a dormir. Como lo dije arriba, tengo 31 años, no hubo poder humano que me mantuviera despierto en la sesión de la tarde. La señora que cuidaba el salón tuvo que despertarme, no porque estuviera dormido, sino porque estaba roncando e incomodaba a los demás. Me refregué los ojos y terminé de contestar a toda prisa porque el cielo presagiaba lluvia y no me quería mojar. Entregué y me fui a seguir con mi vida.


Mientras iba en el bus de vuelta pensaba en los resultados. Tengo una amiga que leyó en alguna parte que después de los 25 uno se va volviendo más estúpido y yo creo en esa teoría, o bien porque debe ser cierta o bien porque ya pasé de esa edad y ahora tengo más momentos en los que me detengo porque se me olvida qué iba a hacer. “Eso nos pasa a todos”, dicen, pero yo no recuerdo que me pasara una sola vez cuando tenía 14 y la vida todavía no me había noqueado la primera vez siquiera. El caso es que pensaba en los resultados y me reí solo, imaginaba que, llegado el momento, el Ministerio de Educación Nacional me enviaría una carta en la que me declararían ‘oficialmente idiota’ y me retirarían todos los títulos hasta ahora obtenidos.

La gente a mi alrededor sentía algo de curiosidad por mi risa desbocada. El bus se adentró a toda marcha por la calle hacia el final del domingo.

Epílogo
Revisé la página del Icfes para ver qué había pasado. Pasó que pude comprobar lo que pensaba la primera vez. De nuevo obtuve un buen puntaje. Tengo un papelito que sirve para aprobarme y hacer creer que soy bueno, un papelito que desaprueba a otra gente que sí estudió y sabe y se esfuerza pero descubrió el día del examen que sufría de dislexia o ceguera de color, o que no maneja bien el estrés que produce un examen puesto sobre un pedestal… de barro, como tantas cosas poco importantes en este país. 




No trato de lanzarme en contra de la educación, la educación no tiene la culpa de que acá se maneje con una burocracia absurda. Pero creo en serio que el Icfes no dice nada de nadie, o bueno, sí dice mucho del Estado que todavía cree que la inteligencia o los conocimientos se pueden medir rellenando circulitos con lápiz, que el futuro de la juventud de un país debe y puede depender, en parte, de algo tan bobo como eso.

3 comentarios:

  1. no me gustan esos exámenes... la comida es horrible, y para colmo las porciones pequeñas!

    ResponderEliminar
  2. Ni el Ifes, ni los test psicológicos ni las pruebas de opción múltiple,ni las de desarrollo,ni las académicas, ni las de personalidad ni las de...ni los de...dicen nada de nadie pero si tienen gran poder de sugestión y le pueden alterar el rumbo a muchos. Son mentiras que nos gusta decirnos,mentiras que nos gusta creer!

    ResponderEliminar
  3. Ni el Ifes, ni los test psicológicos ni las pruebas de opción múltiple,ni las de desarrollo,ni las académicas, ni las de personalidad ni las de...ni los de...dicen nada de nadie pero si tienen gran poder de sugestión y le pueden alterar el rumbo a muchos. Son mentiras que nos gusta decirnos,mentiras que nos gusta creer!

    ResponderEliminar