Por Sergio Augusto
Sánchez
Mi tataraex usaba una frase muy interesante, ella decía “Eso
no dice nada de nadie”. Y es cierto, en Colombia, la mayor mentira que le hacen
tragar a la juventud, es que el examen de estado para la educación superior es
algo importante para la vida.
El viernes pasado entregaron los resultados de las pruebas
del Instituto Colombiano para el Fomento de la Educación Superior, Icfes, o el “ifex”,
como lo he oído pronunciar infinidad de veces. Tengo 31 años, una carrera
profesional y media, una maestría y un sinnúmero de cursos, diplomados y
seminarios. En medio de una temporada larga de desempleo y guiado por una
curiosidad infinita, me dio por repetir las pruebas, enfrentarme de nuevo al
Icfes (ahora Saber 11, que es el nuevo nombre del examen) y ver qué pasaba 14
años después.
2002: odisea de la
adolescencia
La primera vez que presenté el Icfes, acababa de volver de
un año de intercambio en Finlandia. Tenía el pelo largo (es más, tenía pelo) y
17 años, mi único sueño era poner un pub en Bucaramanga, una ciudad que
desconocía la palabra ‘pub’ porque tomábamos vino moscatel en los parques a
$2500 la botella, y tocábamos la guitarra hasta el amanecer sin preocuparnos de
nada porque ni siquiera había teléfonos celulares. La travesía por Europa me
había cambiado para siempre, yo ya no era yo aunque mi casa sí fuera mi casa.
Hice un curso pre-Icfes de una semana en la que estuve más
preocupado por tratar de ligarme a Sandra o a Angélica que por estudiar o
prestar atención a los simulacros. Era joven y tenía energía ilimitada para
aprender casi por ósmosis, es más, entendía bien la palabra ‘ósmosis’. Tenía
toda la vida por delante y ni siquiera había empezado a tomar esa serie de
malas decisiones que hacen que una persona madure y termine de formar su
personalidad.
Llegó el día del examen. Gente preocupada por todas partes,
vendedores ambulantes, padres y estudiantes. Lápiz No.2, borrador de nata y
sacapuntas. Por esos años, el examen se presentaba en dos días diferentes, todo
el sábado y la mitad del domingo. Pasó la mañana, el almuerzo ligero y luego
vino la tarde de leer, entender y rellenar con lápiz el círculo de la letra que
indica la respuesta correcta. Siguiente pregunta.
En la noche del primer día me fui al parque a tomar vino y
tocar guitarra. Porque venía de un año de clases de música, arte, español e
inglés en uno de los mejores colegios de Finlandia, donde tienen un concepto
distinto de la educación. El Icfes me parecía una soberana estupidez, que todo
un país pensara que un examen de preguntas de selección múltiple debía y podía
influir en mi futuro o decirme quién era yo y para qué servía… era estúpido y
extraño.
Cuando llegaron los resultados fui uno de los 10 mejores
puntajes en un colegio público de ñoños que sueñan con ser ingenieros de la
universidad que queda a unos pasos del mismo colegio. No hice caso a nadie a la
hora de escoger carrera, escogí cualquier cosa y empecé a madurar a golpe de
malas decisiones, o simplemente decisiones, que al fin y al cabo las cosas no
son malas ni buenas, las cosas son y ya, uno se indigna, alegra o mortifica con
ellas.
2016: años después
Otra vez no estudié. Las veces que lo intenté escuchaba una
voz en mi cabeza que estaba preocupada por cómo pagar el arriendo, cómo
conseguir empleo, cómo hacer para mantener una relación de pareja a distancia,
cómo evitar sentir esas ganas de morir que te atacan mientras duermes y sientes
que la vida es un absurdo inútil y que, como en el restaurante del chiste en
Annie Hall, “la comida es horrible y las porciones pequeñas”.
Ahora el examen es en un solo día largo, pero sigue siendo
el mismo lápiz No.2, el borrador de nata y el sacapuntas. La noche anterior
destapé un vino para sentirme menos solo, vi una película en Netflix y pude
conciliar el sueño a las once de la noche. Me desperté a las cuatro de la
mañana a ver cómo amanecía en la ciudad. Antes de salir busqué en Google la
fórmula para calcular el volumen de una esfera porque alguien me dijo, “Ese, el
del cono y el cilindro siempre salen”.
Hice fila para entrar. No tenía nada qué perder, era el
bicho raro en medio de rostros jóvenes con problemas de adolescentes y sueños
que todavía no estaban rotos. Mi tataraex usaba una frase muy interesante, ella
decía “Eso no dice nada de nadie”. Y es cierto, en Colombia, la mayor mentira
que le hacen tragar a la juventud, es que el examen de estado para la educación
superior es algo importante para la vida. Nadie te explica la importancia de
saber besar bien o luchar por tus derechos frente a gobiernos corruptos, nadie
te enseña a valorar la vida humana o a tomarte los sentimientos de los demás
con la seriedad que se merecen. Nadie te enseña que las respuestas importantes
de la vida abarcan algo más que las letras de la A a la D.
Leí, respondí, pensé en lo mucho que hubiera preferido estar
en los brazos de mi novia ese día, en lugar de estar ahí sentado. Terminé casi
de primero, jamás hubiera sido el primero en entregar un examen, siempre odié a
ese maldito que termina todo una hora antes, tanto como al que quiere que todos
trotemos 10 vueltas más. Salí a pasear por el centro y a jugar maquinitas.
Volví después de almuerzo a terminar de contestar la prueba y a dormir. Como lo
dije arriba, tengo 31 años, no hubo poder humano que me mantuviera despierto en
la sesión de la tarde. La señora que cuidaba el salón tuvo que despertarme, no
porque estuviera dormido, sino porque estaba roncando e incomodaba a los demás.
Me refregué los ojos y terminé de contestar a toda prisa porque el cielo
presagiaba lluvia y no me quería mojar. Entregué y me fui a seguir con mi vida.
Mientras iba en el bus de vuelta pensaba en los resultados.
Tengo una amiga que leyó en alguna parte que después de los 25 uno se va
volviendo más estúpido y yo creo en esa teoría, o bien porque debe ser cierta o
bien porque ya pasé de esa edad y ahora tengo más momentos en los que me
detengo porque se me olvida qué iba a hacer. “Eso nos pasa a todos”, dicen,
pero yo no recuerdo que me pasara una sola vez cuando tenía 14 y la vida
todavía no me había noqueado la primera vez siquiera. El caso es que pensaba en
los resultados y me reí solo, imaginaba que, llegado el momento, el Ministerio de
Educación Nacional me enviaría una carta en la que me declararían ‘oficialmente
idiota’ y me retirarían todos los títulos hasta ahora obtenidos.
La gente a mi alrededor sentía algo de curiosidad por mi risa
desbocada. El bus se adentró a toda marcha por la calle hacia el final del
domingo.
Epílogo
Revisé la página del Icfes para ver qué había pasado. Pasó
que pude comprobar lo que pensaba la primera vez. De nuevo obtuve un buen
puntaje. Tengo un papelito que sirve para aprobarme y hacer creer que soy bueno,
un papelito que desaprueba a otra gente que sí estudió y sabe y se esfuerza
pero descubrió el día del examen que sufría de dislexia o ceguera de color, o
que no maneja bien el estrés que produce un examen puesto sobre un pedestal… de
barro, como tantas cosas poco importantes en este país.
No trato de lanzarme en contra de la educación, la educación
no tiene la culpa de que acá se maneje con una burocracia absurda. Pero creo en
serio que el Icfes no dice nada de nadie, o bueno, sí dice mucho del Estado que
todavía cree que la inteligencia o los conocimientos se pueden medir rellenando
circulitos con lápiz, que el futuro de la juventud de un país debe y puede
depender, en parte, de algo tan bobo como eso.





no me gustan esos exámenes... la comida es horrible, y para colmo las porciones pequeñas!
ResponderEliminarNi el Ifes, ni los test psicológicos ni las pruebas de opción múltiple,ni las de desarrollo,ni las académicas, ni las de personalidad ni las de...ni los de...dicen nada de nadie pero si tienen gran poder de sugestión y le pueden alterar el rumbo a muchos. Son mentiras que nos gusta decirnos,mentiras que nos gusta creer!
ResponderEliminarNi el Ifes, ni los test psicológicos ni las pruebas de opción múltiple,ni las de desarrollo,ni las académicas, ni las de personalidad ni las de...ni los de...dicen nada de nadie pero si tienen gran poder de sugestión y le pueden alterar el rumbo a muchos. Son mentiras que nos gusta decirnos,mentiras que nos gusta creer!
ResponderEliminar