Por Sergio Augusto Sánchez
Despertó
del sueño programado y le fue difícil ubicarse en tiempo y espacio; el gas
tranquilizante le ayudó a no entrar en pánico. Controló la respiración hasta
que se sintió seguro y pudo activar la puerta de su sarcófago; el cristal se
deslizó con un ruido hidráulico. Dio un paso afuera y se desmayó porque no
soportó el dolor de sus músculos entumecidos por la siesta de cien años en el
conteo normal del tiempo solar.
Cuando
abrió nuevamente los ojos, estaba rodeado por tres unidades médicas que se
activaban cada vez que se abría una cápsula contenedora en la nave. Después de que
le inyectaron algunos estimulantes regenerativos en su sistema nervioso pudo
levantarse sin dolor. Los asistentes médicos regresaron a su sueño electrónico,
no podían desperdiciar energía. Él se sentó en el puesto de mando y comenzó a
revisar la bitácora: sin novedad. A través del vidrio panorámico del frente de
la nave observó el espacio vacío. Silencio. Un silencio absoluto y triste.
Encendió
el circuito de grabación y dio algunas indicaciones, coordenadas y pronósticos calculados
a partir de las lecturas de los distintos sensores de cubierta. Recorrió los
distintos módulos del vehículo. Revisó el funcionamiento de todos los equipos y
luego se tendió en un camarote. Durmió nuevamente pero de forma natural. Pensó
en el tiempo y los motivos del viaje. Era colono de un planeta semidestruido
por siglos de excesos, de desperdicios que contaminaron el aire, el agua, la
tierra, la vida. Él y un grupo pequeño disparado a todos los rincones del
universo cargaban a sus espaldas la misión de continuar la vida, prolongar la
especie humana. Lo despertaron el llanto y las ganas de gritar, acto inútil
porque no había nadie cerca que pudiera escucharlo. De todas formas lo hizo.
Pero ni los gritos parecían naturales dentro del hermetismo de la cabina.
Siete
días, era el tiempo que tenía en animación. Todo estaba programado y coordinado
para que al séptimo día retornara a su sueño centenario. Afuera sólo había
oscuridad. Interrumpió sus cavilaciones y comenzó la inspección exterior. Se
puso el traje especial y salió a la nada por una escotilla. Se soltó con un
impulso y pensó en su planeta destruido mientras se dejaba ir. Treinta metros y
la cuerda de seguridad detuvo el bulto que era su cuerpo con un brusco jalón.
Intentó extraviar su mirada en el infinito pero el infinito parecía estar a
medio centímetro de su nariz, en la inmensidad del espacio vacío todo era
negritud.
Permaneció
así un par de horas o tal vez un día, flotando y sostenido de un cordón: “Cosmonauta
01854, feto del espacio, hijo de una nueva raza sin padres ni tierra”. Regresó
a la nave con una mala noticia para la bitácora, los fotómetros no detectaban
luz en el espacio cercano y siguiendo los registros había una desaceleración.
Revisó los cartogramas de ese sector del universo conocido y notó que estaba en
“tierra de nadie”. Un tramo inmenso, lleno de nada, entre dos galaxias
relativamente cercanas. Armó un impulsor de hidrógeno y desde el puesto de
mando dio fuego. La inercia permitiría que su nave retomara alguna fuerza
gravitacional en al menos 420 años terrestres. Era una nueva vida, diferente a
como la habían conocido sus antepasados, la paciencia no era más una virtud
sino una necesidad.
Cerró
los ojos e intentó darse ánimos soñando con las praderas de su infancia, con
los últimos animales del planeta e incluso las últimas personas con las que
compartió un momento, una palabra. Sabía muy bien que el hombre y solo el
hombre era el culpable de su miserable situación, gestor de su éxodo espacial y
la soledad que él debía soportar después de cien años de suspensión inanimada.
Encendió
el equipo de radio y no captó ninguna señal. Era probable que estuvieran suficientemente
lejos como para no sintonizar ni siquiera los inicios de la radio terrestre a
principios del siglo XX. Suspiró y pensó en lo mucho que le asombraba el
cerebro humano. Olía a fresas y era imposible, el cosmonauta 01854 nunca logró
conocerlas, pero estaba convencido de que eran fresas porque su madre siempre
le habló de ellas. Cerró los ojos una vez más y descansó con la idea fija en la
mente de ser el primer viajero espacial y temporal del que se tenía registro.
Tenía 18 años pero con la última siesta criogénica completaba 700 años reales,
dormía cien para vivir uno en siete días desde que dejó la Tierra. Ese era su
destino, cargar las últimas esperanzas de una especie maldita por su soberbia.
No pudo
evitar la sensación en el pecho de tener sentado a alguien encima suyo y ni
siquiera poder gritar de miedo. Se sobresaltó en medio de la oscuridad,
manoteando y gimiendo como niño asustado hasta que pudo ubicarse gracias a
algunas bombillas led que titilaban
en intervalos de un segundo. Los sistemas de luz se habían apagado para ahorrar
energía y podía decirse que era de noche. Dio un giro sobre el camastro en el
que reposaba su cuerpo y lloró, se quebró por completo en medio de sollozos.
Durmió sin soñar como en la siesta congelada.
Al
despertar del séptimo día, el cosmonauta 01854 recorrió la nave por última vez.
Verificó circuitos, sensores y los sistemas eléctricos. Todo funcionaba. Su
prisión de hojalata estaba en buenas condiciones, podría albergar su cuerpo
inanimado por otros cien años. La nave tenía permiso para continuar su viaje
solitario en el espacio. No le importaba. Hacía tiempo que había superado esa
fase en la que morir por su propia mano parecía una idea excelente. Flotó
bocarriba pensando en cómo sería su vida si encontrara otro planeta habitable,
de tierra y agua, de oxígeno, de moléculas de carbono que permitieran el desarrollo
de la vida humana como él la había conocido. “¿Sería acaso azul el cielo?”.
Se
acercó a su sarcófago y lo examinó por dentro, pasaría allí suficiente tiempo
como para verificar a profundidad la comodidad del sitio. Revisó el interior
acolchado y movió la cabeza como gesto aprobatorio. Pasó sus manos por los
bordes y se detuvo en un objeto extraño adherido a la superficie de aluminio de
su ataúd interestelar. El cosmonauta sintió una punzada en el estómago que le
transmitió más miedo que la oscuridad del espacio. Había encontrado una nota
pegada en el lateral de su sarcófago: “Hola. 01737”.
Inmediatamente
se sacudió la melancolía que lo consumía siempre que despertaba. Terminó de
moverse por la sala revisando los otros sarcófagos de animación suspendida hasta
que dio con el marcado 01737. Era el de una mujer, anónima igual que él.
Cosmonauta como él mismo. Sola y única, quizás la última mujer en el universo.
Dormida e inalcanzable, como la luz del sol que alguna vez sirvió a su planeta
y antepasados. Experimentó algo nuevo, una emoción sobre otra, algo grande que
terminó en una sonrisa en su cara virgen de alegría. Se sintió bien, con las
manos apoyadas en el cristal, contemplando a la cosmonauta 01737 quien con una
palabra había terminado la angustia de su soledad de centurias.
Tomó
la nota y buscó en el puesto de mando algo que le sirviera para escribir.
Respondió al mensaje y escribió uno nuevo y otro más. Su corazón palpitaba con
rapidez al punto de encender algunos circuitos de alarma al interior de su
traje. Aunque sentía la falta de aire
por lo agitada de su respiración, disfrutaba cada trazo en el papel. Ubicó las
notas en el lateral de la cosmonauta 01737 y se quedó contemplando su cuerpo
inanimado por un instante. De acuerdo con el cronómetro de su sarcófago, ella
despertaría dentro de medio siglo y podría leer su respuesta. Así estaba
programado todo, ninguno de los dos era dueño de ese tipo de decisiones.
A la
hora de partir, el cosmonauta 01854 tomó su posición de durmiente y activó el
vidrio protector. El sonido hidráulico aseguró la puerta y los sonidos
robóticos ocuparon su lugar. Las agujas se le insertaron en venas y arterias y
poco a poco el líquido enfriador comenzó a recorrer su torrente sanguíneo
mientras el gas tranquilizante comenzaba a doparlo.
El
sistema automático apagó las luces y todo fue silencio y oscuridad. El
cosmonauta anónimo se concentró en las luces rojas y azules que titilaban en
las paredes de la nave para recordarle que seguía con vida. Sus ojos se
cerraron y por primera vez en 700 años
de sueño inducido, pudo soñar. No solo eso, soñó con algo distinto a los
recuerdos de un pasado destruido.
FIN
*Este cuento fue seleccionado para la Antología de Relata 2012, editado por Sílaba y financiado por la Red de Escritura Creativa y el Ministerio de Cultura de Colombia. El autor autoriza a quien quiera a leerlo, releerlo, rotarlo y hacer uso responsable del mismo. Se autoriza su uso para fines educativos y recreativos respetando los derechos de autor.

Muy bueno!
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