Por Sergio Augusto Sánchez*
Mi ciudad está situada junto al
mar. Algunos dicen que es un pueblo, yo siempre la consideré mi ciudad. Hay
perros que ladran a los carros; carteros que se equivocan cuando entregan
cartas de amor pero que nunca fallan al llevar una factura; un parque donde
corre la brisa por las tardes; un cura; varias profesoras de escuela; niñas que comen
helados y no se saben sentar cuando usan falda; un payaso; vendedores de
globos; policías; un borracho y un bobo (en mi ciudad son hermanos); y ancianos
que compran lotería, entre muchas otras gentes. El cielo es bastante
azul, cuando hace frío hiela y cuando el sol calienta hace un calor infernal.
Alguna vez dijo el poeta que “una ciudad donde llueve y hace sol está
condenada”, sin embargo cuando eso pasa miro el arcoíris y no parece que
anuncie la destrucción de aquella urbe.
(extraída de http://globalhighered.wordpress.com)
Una cosa tiene de particular el
sitio del que hablo. Además de la gente que monta en bicicleta, en mi ciudad
ninguna casa es igual a la otra. En todas las calles se puede apreciar la
historia de la arquitectura universal. De alguna manera se conjugan los estilos
franceses, árabes, españoles, chinos, finlandeses, alemanes, italianos,
mexicanos, y etcéteras. Lo único que no se construyen son
iglús, pero es bastante entendible cuando hace sol.
Caminar por las calles de mi
ciudad es bastante agradable, porque de alguna manera la mezcla infinita de
estilos no causa nauseas ni malestar de ningún tipo a los sentidos. Es algo milagroso. Debo añadir que en un sobreesfuerzo, cada una de las
identificaciones es de un color pintoresco, ninguno se repite. Cada uno de los
muros es más alegre que el anterior, de bellas tonalidades vivas que mantienen
el ánimo de todos los ciudadanos. Menos el mío.
Solía salir a caminar y veía a
todo el mundo sonriendo: los perros que ladran a los carros, los carteros que
se equivocan, los ancianos que compran lotería, las niñas que comen helado… y
toda la gente del primer párrafo. Agotado de ver tanto derroche de colores, sonrisas y pendejada, decidí que debía encontrar una solución al tedio que puede llegar a
producir el exceso de arcoíris; podría decirse que, en cierto modo comencé a
entender al poeta. Fue así como llevado
por mi rabia y mi locura decidí salir en medio de la noche y cambiar
definitivamente mi ciudad. Regresé a la cama antes del alba y cerré los ojos.
Después de los primeros gallos, con exceso de violencia, unos cuantos tocaron a mi puerta. Me dieron tiempo de ponerme algo de ropa, tomar un
breve desayuno. Afuera, la multitud me esperaba. Abrí la puerta y
los policías me escoltaban para impedir que la turba enardecida me desgarrara en medio
de su odio desenfrenado. Sólo había caras largas, maldiciones e improperios.
Las niñas me arrojaban sus helados, alguno se atrevió a escupirme y un viejo
logró atinarme un bastonazo que por poco me abre la cabeza.
Me subieron en la parte de atrás
de la furgoneta policial y a través del cristal pude ver como mis vecinos y
conciudadanos destrozaban la fachada de mi casa recién pintada de blanco y negro. Ahora
el que sonreía era yo. Me perdonaron la vida y la cárcel, pero me desterraron
para siempre de mi ciudad, que continuó siendo pintoresca e hipócrita.
*Extraído del diario de Carlos Andrés Sanabria

Estoy descubriendo tu blog Sergio, que bien poder seguir conociéndote después de mil anios sin vernos, saludotes.
ResponderEliminarPor pura curiosidad pregunto: ¿Esa imagen de donde es?
ResponderEliminarEsa imagen es del barrio de la Boca en Buenos Aires. No obstante, está ahí por ser una imagen de casas pintorescas, nada más
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